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La historia de Pota Blava, Cap.3: POTA SE ADENTRA EN LAS CARRERAS DE MONTAÑA

CAPÍTULO 3

Correteaban las niñas de nuestro protagonista por el salón de casa, iban corriendo y saltando todo aquello que se encontraban a su paso: bicicleta, muñecas, sillas, a su padre… Cuando de repente el teléfono de la casa sonó de una manera especial.

La llamada que Pota estaba esperando interrumpió aquellas frenéticas carreras por el comedor, altura y longitud.

“PSSSS ahora callaos niñas, que estoy hablando por teléfono. Dime…” decía un alegre y preocupado Pota, “entonces es la semana que viene la carrera, difinitivo y ya estamos apuntados… Cuenta conmigo Arturo… Adiós, adiós.”

Tras colgar el auricular del teléfono rojo que descansaba en la mesita del comedor, Pota se acercó a su  mujer con cara de querer explicarle algo importante. “CARIÑO, ESTAMOS APUNTADOS A NUESTRA PRIMERA CARRERA DE MONTAÑA, ARTURO Y YO CORREREMOS EL DOMINGO”. A estas palabras le acompañaban una cara de ilusión de niño pequeño, una fuerza en su verborrea inusitada en Pota y unos gestos que decían a las claras cómo de nervioso estaba ante su primera incursión en carreras de montaña.

Su mujer lo miraba con cariño y a la vez con cierto grado de pensar. ”Están locos, mira que si se caen…pero en fin… si él es feliz así…”. Tras estos pensamientos articuló una lánguida frase: “¿CARIÑO ME ALEGRO, VENDRAS A COMER?”

Pota en este tiempo había mezclado los entrenos en la pista y en ruta con alguna pequeña incursión en montaña, pero nunca con grandes kms a sus espaldas, había salido algún domingo con su compañero Arturo y habían recorrido varios picos cercanos a su casa.

Para Pota la montaña era una vía de escape muy buena, se enrolaba con la naturaleza, de vez en cuando podía ver algún animal inédito en la gran urbe, disfrutaba de ese silencio que sólo se alcanza en mitad de la naturaleza, inhalaba ese perfume peculiar que la naturaleza te brinda en forma de o bien musgo fresco, o bien el perfume del césped mojado, o tantos otros…

Su estado de forma no era el ideal para afrontar su primera cursa de montaña y menos con los km que tenían por delante, si bien Pota en las dos semanas que quedaban hasta tal acontecimiento se entrenó casi a diario para no tener que dejar la carrera a medias y poder sentir el orgullo que se siente cuando completas una carrera de montaña de 36km.

En el tema material iba un poco cojo, no tenía casi de nada y tuvo que ir acompañado de su familia a una tienda especializada a adquirir nuevo material. Esto fue el sábado anterior a la carrera. Allí como casi siempre que iban a comprar en cuadrilla se formó el taco, las niñas tiraron jugando una estantería de botas de montaña, con la mala fortuna que le cayo a una señora de unos 67 años que estaba comprando unos palos para la montaña, haciéndole un pequeño chichón en su cabeza. ”No pasa nada, si son unas ricuras” decía la señora mientras que un pequeño hilo de sangre corría por su cuello.

A la señora se la llevaron al dispensario situado a dos manzanas de la tienda, y a las niñas como no podían llevarlas a la cárcel, su madre optó por llevarlas a un parque cercano. Pota miraba la tienda y veía cien mil artilugios y no sabía ni para qué eran ni en qué parte del cuerpo alguno de ellos había que ponerlos.

Tras dos horas de eterna lucha con el encargado de la tienda, Pota salió por la puerta como si hubiese cortado las dos orejas y el rabo del quinto de la tarde. Había adquirido un cortavientos, unos palos, unas bambas de treking, un frontal, dos camisetas térmicas para el frío, unas polainas para la nieve y unos gruesos calcetines para el frio. Con esta equipación ya estaba presto y dispuesto a enfrentarse a su primera carrera de montaña, una carrera que para más inri si iba a hacer de noche.

La carrera que se iba a celebrar el siguiente domingo era una carrera de 36km  por montaña, había que subir 2 picos, y era de un nivel acumulado de 4000metros. Una carrera exigente y dura para alguien que lo más cercano que había estado de la montaña era subir a Montjuic a darse el lote con su mujer. Menos mal que había salido varios domingos con los amigos y eso le había puesto un poco en posición. Ahora ya sabía que cuando se sube se sufre y mucho, y cuando se baja, se baja mucho y se sufre jajaja.

Llegó el gran día, la noche anterior apenas pudo dormir, o bien por nervios o bien porque le tenía que dar el biberón al pequeño de la casa, y el pequeño de la casa era un glotón que se despertaba cada tres horas pidiendo comida. Cuando esto pasaba y los primeros llantos de la criatura sonaban por la habitación, el codo de la mujer de Pota…SEDENTARIA… impactaba con fuerza en las costillas de nuestro simpático protagonista y hacía que éste diera un salto, de un brinco apareciera con un biberón en la mano, lleno de leche, que cogiese al bebé y le diese su comida.

Tras una ajetreada noche de biberones, de pedir agua a longitud, y de que el costillaje de Pota se resintiese debido a los codazos de su amada, ya teníamos a nuestro protagonista metido en el coche de su amigo Arturo, vestido para la ocasión.

Gorra de regalo del Carrefour, no había presupuesto para más, botas de montaña media caña que le cubrían el tobillo, algo mejor que las antiguas chirucas, tres camisetas por el frío, una de ellas térmica, guantes de lana del año 98 comprados de viaje cuando fueron a Viena, de viaje de novios, pantalón de montaña, gafas de sol, y un frontal que más que luz daba pena.

Sedentaria se desplazó con sus tres hijos y su madre a ver la carrera de su amado Pota, viajó en su propio coche, el festival dentro de aquel vehículo era de escándalo: una niña llorando porque según ella su hermana le había pegado, la otra hermana vomitando la merienda que hace dos horas había ingerido, el pobre bebé dormido como un ceporro y la suegra maldiciendo el viaje y encima para ver al vago de su yerno. En fin, todo un festival.

Pota y su amigo Arturo están situados en la línea de salida. Alrededor de ellos unos 500 atletas mucho mejor ataviados que ellos, marcas importantes de ropa deportiva de montaña, buenos palos, buenos frontales… Pota está literalmente acojonado. Falta un minuto para la salida, el crono comienza a descontar los últimos 59s, y en ese tiempo miles de pensamientos se apoderan de nuestro protagonista.

“Tengo que hacerlo bien. No me puedo retirar. Va a ser muy duro. ¿Qué coño hago aquí? ¿Dónde estará mi mujer? Tengo miedo…”

El disparo del señor juez da comienzo a la tercera edición del la cursa de montaña de la Serranía del juicio. Todos los corredores comienzan a avanzar por el pueblo desde donde se ha dado la salida, todos menos uno…

CONTINUARÁ.

 

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